Laia…

Posted on 17/01/2009

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Laia es chiquita, Laia tiene marcas blancas, negras y marrones, Laia no habla, Laia es una perra…

Laia tiene muchos dueños, y tres amigos, tres amigos que antes de hacer cualquier cosa lo primero que hacen es ir a saludarla y jugar con ella, cuando se levantan van a abrazar a Laia, cuando llegan del colegio se bajan del auto y corren a jugar con Laia, cuando están en la piscina, ella se para en el borde como vigilando que a ninguno le pase nada. 

Laia es tranquila, no ladra, no es de andar corriendo velozmente de un lado al otro del jardín, tiene un paso tan cansino como educado, nunca molesta, nunca da problemas, nunca hay que buscarla por que se escapó. 

Laia vive para sus amigos, sus amigos viven para Laia, la más pequeña de los tres, se puede pasar horas cantando una canción inventada para “su perra”, porque Laia es “su perra”, amiga inseparable de largas horas de juego en épocas de vacaciones, amiga inseparable de las difíciles horas de aburrimiento en el invierno. Cuando no se puede jugar en el jardín.

Laia no entra a la casa, no es un atributo que se le haya permitido, ella tiene su casita y su espacio amplio y cómodo, Laia sale de paseo todos los días sola, y vuelve a los pocos minutos como pidiendo perdón, como si hubiera cometido un delito.

Pero una vez por año sus amigos se van de vacaciones de verano, Laia no puede viajar con ellos, la burocracia hace que se tenga que quedar de este lado del Río de la Plata, un humano puede cambiar de país presentando solo su documento, un perro debe someterse a estudios, vacunas y decenas de trámites tan engorrosos como inútiles.

Laia… Laia está triste, no come, no juega, no sale, sus ojos están apagados, sus ojos reflejan el dolor de quién extraña o perdió algo querido. Laia… Laia ya no es Laia. Es una sombra, una triste sombra canina de lo que es durante el año, y nada la consuela, cuando uno pierde un amigo de verdad no se lo reemplaza con otro. Laia perdió temporalmente a tres amigos de un golpe. Y se refleja en su estado de ánimo. 

No me gustan los animales, no me gustan los animales adentro de las casas, trato de evitar ir a la casa de gente que vive con un gato o un perro. No me gusta. Y ya está. pero me es inevitable sufrir con ellos, me es imposible no entender su dolor por la distancia cuando yo lo sufrí en carne propia en mis años de inmigración. Se lo que es querer tener un amigo al lado para jugar y abrazarlo y no poder. Laia hoy, está viviendo mi pasado. 

Mientras Laia sufra, yo no estaré feliz. No puedo aliviar su sufrimiento, pero puedo acompañarla. 

Y eso voy a hacer, aunque no me guste tocar a un animal. Abrazarla, jugarle, pasear con ella… hasta que sus amigos puedan devolverle la felicidad. 

Ningún dolor es eterno. 

Laia sabe amar… yo no. Esa es la verdad. 

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