Dobles… o una historia de fantasmas

Posted on 01/08/2009

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Durante los 80 pasaba mi tiempo en el club, todo el día jugando y mirando de reojo lo que hacían los más grandes, esos que ya salían con chicas, fumaban y todos esas cosas que uno quiere hacer cuando se siente adulto.

Uno de esos “grandes” se llamaba José Luis , era flaco, alto y su pelo ensortijado denostraba un pasado Hippie, o algo por el estilo.  En abril, cuando ya empezaba el invierno un fin de semana de esos grises y con los primeros fríos del año, José Luis se apareció  con un corte militar extraño para su forma de vivir. Se iba a la guerra de Malvinas.

Recuerdo varias cosas de su extraña, inentendible y rápida despedida, recuerdo… a mi primo mayor, ese que ya era todo un hombre, llorar como un chico abrazando a su amigo, él también esperaba la carta, que le llegó, Pero que un amigo de su familia se encargó de neutralizar y nunca salió del continente.

Paso el tiempo.

Era un domingo… entrando al club se veía gente llorando por todos lados, abrazados buscaban un consuelo y un milagro que no iba a llegar… entrando a la zona del bar me enteré lo que pasaba, habían hundido el General Belgrano, yo tenía entonces  años, era demasiado feliz para que este hecho, impidiera que pensara en mi partido de fútbol.

Ese domingo el club… no era el club.  Las canchas vacias, el viento que venía desde el río soplaba fuerte y frio, un día gris, lluvioso… era un día para estar en casa, y la poca actividad que había en el club no justificó el viaje y el gasto. Nadie tenía ganas de hacer… no importaba qué… no habia ganas de nada.

José Luis nunca volvería a casa.

Hoy fuimos a casa de una clienta a pasar un presupuesto, “ahora viene mi marido” dijo y después de minutos el marido cruzó la puerta, silencio… desconcierto… una extraña sensación nos recorrió el cuerpo a  mi socio, que iba al club conmigo, y a mi.  Era José Luis.

Se llamaba Pablo, pero era José Luis, la misma forma de caminar, el mismo pelo largo y hippie, los mismos modismos y lo que era peor… la misma mirada comprensiva y amable. De tipo bueno.

Durante varios minutos la situación nos dominó, helados y sin saber que decir nos vimos obligados, a modo de disculpas a contar esta historia para por lo menos, demostrar que había un motivo para nuestro extraño comportamiento.

De vuelta a casa en el coche hablamos algunos minutos de lo que pasó, de la semejanza física y después solo silencio… la situación no era describible con palabras.

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