Los judios y el miedo…

Posted on 29/01/2010

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Leyendo sobre el holocausto recordé una de las historias que más presentes tengo en mi vida y que más me marcó a nivel discriminación,  es larga, no es original… ni siquiera sé si es interesante.

Dentro de la década de los 90, no recuerdo bien el año, solíamos salir con dos amigos y sus parejas a tomar algo, al cine o simplemente a dar vueltas por Baires,  los tres hombres conocíamos mucho de historia popular argentina y realmente disfrutábamos pasear y contarnos cosas. Una vez por mes era reunión obligada.

Una noche terminamos en una pizzeria de Belgrano, pizzería de barrio, esas con ventanas guillotinas, sillas de madera con cuerina, ceniceros de chapa y mucho polvo en las botellas. Nos gustaban esos lugares, nos hacían sentir dentro de un Buenos Aires que nos atrajo desde lo más profundo de sus arrabales y nos contaba, a la vuelta de la esquina, una historia de malevos y facones.

Obviamente ellos eran judios ( por suerte lo siguen siendo), pero eran judíos especiales, tan especiales que son ateos, pero sus tradiciones familiares las cumplian al pie de la letra por respeto a sus antepasados.

Estábamos por pedir la grande de mozzarela cuando por la puerta cruzan cinco skinheads, nazis baratos, de Belgrano R… facistas de feria… se les notaba que para ellos esa ideología no era una forma de vivir y pensar, era la forma de explotar la Diners de papá con resentimiento.

Pero en los días anteriores los diarios (En esa época Clarín no mentía 😛 ) contaban en sus hojas ataques de skinheads a judios en belgrano, los tres “trabajábamos” en esa época de periodistas y habíamos visto cables de algún que otro ataque más que no salió publicado.

El que estaba de frente a la puerta, al verlos entrar se puso pálido y automáticamente guardó la estrella de David que llevaba en su cuello escondiendo la figura dentro de su sweter. El que estaba a mi lado, sin saber el motivo hizo lo mismo, miró de reojo la puerta y por varios minutos en la mesa no se habló, solo se escuchaba el silencio.

Dos entraron al baño, tres se quedan en la puerta, uno nos mira… le dice algo a los que están a su lado, nos vuelve a mirar. Hay recambio de meadores y ahora el que parecía saber algo hablaba con los otros dos. Una de las novias dice “nos van a cagar a trompadas” en voz baja, muy baja… ellas también eran judias, ellas tambien eran el enemigo.

Se juntan los cinco en la puerta del baño y a la hora de salir dos de ellos no recorren el camino directo a la puerta. Se pasean entre las mesas y de a poco los tenemos más cerca, el de adelante no nos mira… el de atrás nos avisa que vienen para nuestro lado, nosotros insinuamos que no nos dimos cuenta.

Vienen por mi lado, nunca fui de esquivar una pelea, perdí y gané  pero nunca las esquivé si eran por motivos de defensa. No tengo miedo, pero sé que pierdo, seguro que pierdo, mis amigos tienen miedo, saben que pierden más que yo, ellos son el objetivo y yo un simple daño colateral.

A nuestra derecha, a mi lado, había un grupo de ocho chicos que habían bromeado conmigo cuando entré a causa de una patada a una silla, uno de ellos se levanta y se para delante del peladito que venia primero, ” La puerta está allá”… el peladito trata de empujarlo, trata… “la puerta está allá”.

“Quiero ver aquel cuadro de la pared… no te metas” responde mientras intenta seguir su camino. ” Ustedes son 8, nosotros 11 y si digo lo que querés hacer te juro que somos toda la pizzeria contra vos”…  el peladito lo escupe y se va, de recuerdo se lleva 7 escupidas de los que compartían la mesa con el mediador.

Y nosotros fuimos simples espectadores, espectadores con un papel principal, esa noche, las pizzas quedaron intactas, ellos no pudieron comerlas por el miedo, su preocupación no era por lo que había pasado, era por lo que podía pasar cuando dejáramos el local. Y no era injustificada.

Caminamos en dirección a Cabildo los 14 juntos, nosotros demoramos la salida esperando que se aburrieran de esperarnos, demoramos… y demoramos, cada tanto uno de ellos se asomaba por la ventana, la mesa de al lado no se iba y eso era una excusa perfecta para que el dueño del local no cerrara. Más tarde nos enteramos que no se iban para acompañarnos.

Esa noche aprendí lo que es el miedo, ver a una persona ponerse pálido, temer una paliza por su religión, no comer por la sospecha que cuando salga lo agreden… nunca había visto algo así, espero no volver a verlo nunca más.

Los ocho invitados de lujo nos acompañaron hasta la puerta de la casa de uno de ellos cerca de Cabildo y Lacroce, varias veces vimos durante el camino a los skinheads, pegaban gritos, patadas a las cortinas de los negocios, pero nunca se animaron a acercar su puta cobardía patotera hacia donde estábamos nosotros.

Para mi, que crecí en democracia la discriminación era algo que estaba mal por regla de la vida, pero nunca la había sufrido, mucho menos la había sentido. El sentimiento de impotencia es tan grande que paraliza la indignación, algo que es por demás contradictorio.

Hoy uno de ellos vive en Escocia, el otro viene por casa cada tanto para “hablar”… hablamos de lo que sea. Pero hay una historia que nunca volvimos a contar, que nunca quisimos recordar. Y es la que tienen en este post.

Siempre me pregunto cual es el motivo de nuestro silencio.

Y me preocupa que el miedo pueda lograr que no nos metamos con ciertas cosas…

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